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29 agosto, 2018 Funcionarios de casilla: de la desconfianza a embajadores de la democracia Publicado en: La fuente

Funcionarios de casilla: de la desconfianza a embajadores de la democracia

Por Stefan Scharnagl

La desconfianza en el sistema democrático tiene muchas caras que según el contexto en el que nos encontramos puede manifestarse de diferentes formas. En Alemania por ejemplo existen grupos que critican el sistema de coaliciones porque el votante emite, mediante la boleta, su apoyo a un proyecto, pero éste se diluye al crear la coalición donde se incluyen las ideas de los demás partidos integrantes del nuevo gobierno. Esto genera desconfianza en el electorado porque ellos sienten que el resultado y lo que votaron no es lo mismo. En Estados Unidos, particularmente desde las últimas elecciones, se tiene desconfianza en el Colegio Electoral que debería evitar que personas que ponen en riesgo la institución de la presidencia lleguen a tomar el puesto del comandante en jefe, pero dado el caso de Donald Trump, queda la duda si este Colegio realmente cumple con la intención por la que los padres fundadores lo crearon o si solamente está fungiendo como un mecanismo de validación. 

En México al igual que en otros países de Latinoamérica la desconfianza no es un tema nuevo. La corrupción y la impunidad en la sociedad; la debilidad y la falta de resultados de las instituciones, y los partidos políticos que no atienden las necesidades de las personas han arrinconado a la ciudadanía a un mundo de desconfianza. Estas realidades tienen un impacto negativo en la confianza que se tiene sobre los procesos electorales y de las instituciones que se crearon para protegerlos. Sin embargo, es necesario entender de manera adecuada las causas de la desconfianza para poder contrarrestarla y no simplificarla como se hace en muchos medios como un simple fenómeno contextual.

De acuerdo a un estudio de Latinobarómetro realizado en 2017, existen tres razones principales por las cuales las personas no confían en las instituciones públicas. En el caso de México los dos criterios más relevantes son: el trato por igual con respecto a sus públicos objetivos, que tiene un 63% de importancia y el cumplimiento de sus promesas con un 43%.¹ Si trasladamos estos conceptos al INE, al Tribunal Electoral y a las elecciones en sí, identificamos que la capacidad del sistema electoral por generar igualdad de condiciones a los diferentes partidos políticos y candidatos, así como cumplir con la promesa de que el resultado electoral es un reflejo fidedigno de la intención de voto de la ciudadanía, son vitales para generar confianza.

Ambos puntos se ven actualmente reflejados en un pensamiento popular de que las elecciones están arregladas o que se las “roban”, pero en este sentido también hemos observado un gran avance en estas elecciones de 2018. Después del resultado preliminar y de que los demás candidatos a la presidencia reconocieran a Andrés Manuel López Obrador como virtual ganador se dijo que ganó la democracia porque aparentemente no hubo manipulación en las boletas, entre otras razones. El temor de que el PRI se fuera a robar las elecciones no se hizo realidad. Probablemente, en México ya estamos en un punto de madurez democrática donde los partidos grandes pueden competir en igualdad de condiciones, aunque la incógnita permanece en los partidos pequeños que tienen un presupuesto menor. Claro que no faltan las voces que ahora argumentan que Morena lo hizo, aunque estas voces son fácilmente calladas por el margen tan grande del resultado presidencial (salvo en ciertos casos muy cerrados de elecciones locales donde las sospechas persisten y esto le pega a todos los partidos).

Y por el otro lado, está la cara de los independientes que difícilmente pueden competir con los partidos políticos y esto genera dudas en el electorado sobre si realmente existe la igualdad de condiciones para los candidatos o si lo que existe es un sistema de élites políticas que manejan todo y que deciden cómo distribuirse los diferentes poderes. Más allá de la capacidad de probar si esto es cierto o no, la realidad es que existen pocos argumentos suficientemente convincentes para desmentir las dudas que esta situación genera.

Fortuitamente el INE ha creado una herramienta que puede ser muy exitosa para mejorar la confianza de los ciudadanos en el sistema democrático mexicano: los funcionarios de casilla. Ellos se han convertido en una especie de embajadores de la democracia que dependiendo de su experiencia serán buenos o malos promotores. Esta experiencia varía mucho según los diferentes factores que influyen en ella como lo es el trabajo de su capacitador electoral, el contexto social donde se encuentra la casilla, la convivencia con sus compañeros de casilla o los mismos votantes. Sin embargo, podemos asumir que para la mayoría de ellos es positiva, porque también en la mayoría de las casillas la jornada electoral se comporta de forma adecuada.

El ser funcionario de casilla le permite al ciudadano vivir la democracia mexicana en carne propia y con ello cambiar su percepción sobre qué tan fácil es robar un voto dentro de una casilla o incluso la casilla completa. Es como si fuera un día de puertas abiertas de la democracia. El hecho de que él mismo pueda contar los votos y luego poner el resultado en las hojas para el PREP, en las actas y en las mantas y que finalmente eso mismo que hizo con sus compañeros de casilla se vea reflejado en los cómputos que definen quién será el próximo presidente o cualquier otro puesto de elección popular, hace que ellos tengan más confianza en todo el sistema. En general, a las personas les gusta contar sus experiencias y, por lo tanto, ellos contarán lo aprendido con sus círculos cercanos como si fueran embajadores.

Todos los funcionarios de casilla con los que me ha tocado convivir coinciden que hoy en día robarse las elecciones es algo muy difícil. Si bien aún creen que no existe igualdad de condiciones para todos los candidatos, por lo menos ya confían más en el sistema como tal. Sería interesante que el INE pudiera evaluar la experiencia de los funcionarios con un mecanismo como el NPS (Net Promoter Score) o alguna herramienta similar para usarlo como proxy de qué tan probable es que los funcionarios se conviertan en buenos embajadores, ya que hasta el momento esto solo es una hipótesis que no está apoyada en datos. Pero supongamos que en la realidad se cumple esto y veamos los números. En las pasadas elecciones 1 millón 400 mil personas fueron funcionarios de casilla. Suponiendo que 90% de ellos tuvo una experiencia positiva y que le contaron a alrededor de 7 personas que no fueron funcionarias lo que vivieron, tenemos aproximadamente 8 millones 800 mil personas que tienen más confianza en el proceso electoral.

El impacto puede ser bastante amplio y el INE debería enfocar sus esfuerzos en mejorar la experiencia de los funcionarios de casilla lo más que pueda. Encontrar formas de hacer su trabajo más fácil (ejemplo, mayor claridad de qué es un voto válido y que no) y que al mismo tiempo los funcionarios sientan que su trabajo está blindando las elecciones, tendrá en el corto plazo un efecto positivo en la confianza que todos los ciudadanos tengamos en las elecciones de nuestro país.


¹ Informe 2017, Corporación Latinobarómetro, Buenos Aires, 2017.

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