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23 abril, 2015 Participar en 2015: ¿explosión positiva de juventud o simple lucha por seguir siendo relevantes? Publicado en: La fuente

En todos lados se habla de juventud actualmente. Gracias al incremento masivo en estructuras, políticas y enfoques de juventud, aunado a las protestas masivas en diversas ciudades alrededor del mundo, el activismo y la participación juvenil tienen los reflectores. Pero, ¿cómo es que se concibe, documenta y debate dicha participación juvenil? ¿Cómo la experimentan los académicos, las instituciones, los practicantes y los propios jóvenes? A continuación, se presentan seis razones por las que la participación juvenil tradicional está enfrentando desafíos grandes respecto a su legitimidad, propósito y formas de abordarla.

Tan solo en los dos años pasados, se llevaron a cabo la Conferencia Mundial de la Juventud (World Youth Conference), el Foro de Juventud del Commonwealth (Commonwealth Youth Forum), el Primer Foro Mundial sobre Políticas de Juventud (First Global Forum on Youth Policies), el Foro de Juventud del ECOSOC (ECOSOC Youth Forum), el Foro de Juventud de la UNESCO (UNESCO Youth Forum) y la Cumbre de Juventud del Banco Mundial (World Bank’s Youth Summit). Asimismo, se creó el Consejo de Juventud del Commonwealth (Commonwealth Youth Council), se nombró al Enviado Especial para la Juventud, el número de políticas públicas en materia de juventud incrementó en 30%, 2 de cada 3 países cuentan con un consejo o asociación nacional de juventud, 190 países cuentan con una autoridad responsable de los jóvenes, el PNUD lanzó su estrategia para la juventud, y el Secretario General de las Naciones Unidas declaró que los jóvenes son los “portadores de la antorcha” del futuro de la agenda de desarrollo.

Fuera de los mecanismos formales, los jóvenes han sido los líderes – y los seguidores – de las protestas en las calles. En los últimos 5 años, hemos sido testigos de levantamientos sociales y disturbios civiles en Bahréin, Canadá, Brasil, Egipto, Grecia, Islandia, Irán, Israel, Libia, Rusia, Arabia Saudita, España, Suecia, Siria, Túnez, Ucrania, el Reino Unido y los Estados Unidos. En Túnez y Egipto, se logró el cambio de régimen; en Islandia se cambió la constitución; y en los Estados Unidos y España, los temas de capitalismo responsable, corrupción financiera y desempleo lograron un reconocimiento cultural; mientras que en el Reino Unido y Suecia, los disturbios y conflictos civiles se apropiaron de ciudades importantes, resaltando la inequidad de oportunidades. Algunos movimientos sociales han producido conflictos civiles prolongados, como es el caso de Libia, Ucrania y Siria, mientras que otros fueron rápida y brutalmente reprimidos.

Como parte de otra investigación, recientemente me di a la labor de generar una reseña sobre la literatura respecto a la participación juvenil, para el proyecto global de investigación Case for Space. Esta investigación incluyó una revisión a las últimas publicaciones académicas, así como los últimos libros y artículos publicados por los practicantes, además de explorar la riqueza ofrecida por los reportes generados por organizaciones juveniles y otras instituciones. El producto final de dicha investigación está por ser publicado, pero aquí comparto algunas reflexiones inmediatas sobre dónde se encuentra la participación, desde mi punto de vista, así como algunos de los retos que enfrenta.

  1. El término “participación” podría no ser tan útil. En un sentido amplio, “participación” se refiere, más que nada, a la inclusión de jóvenes en los procesos de toma de decisiones, dentro de instituciones como el gobierno, las organizaciones, los servicios públicos, los procedimientos judiciales y una inmensidad de otras instancias en todos los niveles de gobierno (de lo más local hasta lo global). Sin embargo, en una realidad en donde “participar” puede incluir asistir a la Cumbre de Juventud del Banco Mundial, marchar por las calles del Cairo o decidir con cuál de tus padres quieres vivir luego de un caso de divorcio, ¿puede todo esto ser incluido dentro de un mismo término? Cuando los jóvenes tuitean sobre un asunto global, o toman un vuelo de bajísima calidad para estar al lado de otros activistas en calles de una ciudad extranjera, al tiempo que siguen abogando por mejores servicios de salud sexual en sus propias localidades, es necesario que entendamos las diferentes maneras que tienen los jóvenes de participar en el mundo.
  2. Existe una gran brecha entre las perspectivas de participación que utilizan los académicos y los practicantes. Durante mi investigación, encontré que la mayoría de los textos académicos actuales critica las diferentes maneras de entender la participación juvenil y descalifica las ideologías subyacentes a éstas, al tiempo que cuestiona los beneficios de éstas a los jóvenes, las organizaciones y las políticas públicas en general. Esto contrasta totalmente la perspectiva positiva (y generalizada) que tienen las organizaciones juveniles, las ONG y los organismos internacionales de concebir a la participación juvenil – tanto en su calidad de concepto, como en las actividades y mecanismos que ésta pone en práctica. Esta fuerte división entre la academia y los practicantes no es nueva ni es exclusiva al tema de juventud. Sin embargo, la división no hace más que abonar a una participación juvenil limitada y débil. Los practicantes deberán ser mucho más objetivos (y, probablemente, más honestos) sobre su trabajo y los académicos deberán trabajar fuertemente para ampliar y enriquecer la muy escasa literatura, que actualmente sólo se centra en la teoría.
  3. Ya no hay un debate sobre si la participación es buena y útil. Al parecer, esta batalla ya está ganada (¡enhorabuena!) y el gran incremento en el número de estructuras, espacios y lugares para la participación juvenil son la prueba de ello. Por el contrario, el debate ahora está enfocado en encontrar si la calidad de dicha participación es buena, qué objetivos persigue la participación y si efectivamente está generando un cambio – de manera crucial, el debate pasó de medir las consecuencias puntuales para individuos específicos a centrarse en los cambios en políticas públicas y decisiones al respecto. En relación con el punto 2 de esta lista, los académicos tienden a ver la participación como algo notoriamente importante pero actualmente incapaz de generar cambios, mientras que los practicantes la conciben como siempre positiva y de impactos gigantescos. Debido a la gran cantidad de publicaciones a este respecto en youthpolicy.org, nuestros lectores frecuentes estarán ya conscientes de cuál es nuestra opinión al respecto. Sin embargo, si existieran dudas, los invito a leer esto, esto, esto, esto, esto y esto.
  4. El énfasis está ahora en los beneficios de carácter individual (desarrollo de habilidades de liderazgo juvenil, hablar en público, conocimientos sobre cómo utilizar las redes sociales, así como una actitud positiva), en lugar de buscar el cambio institucional, social o en materia de gobernabilidad. Los autores de “Youth Rising?” opinan que esto solamente crea una “fachada de involucramiento con políticas radicales, de oposición y de base”. Al volver el beneficio individual nuestro objetivo, en vez del cambio social, hacemos que cada forma minúscula de participación se convierta en una historia de éxito, pero no ganamos nada en términos del cambio social, político o económico que se busca. Sin duda, el proceso empodera y es benéfico para jóvenes particulares, pero es insignificante para los grupos amplios poblacionales que buscan un impacto en políticas o en estructuras. Los jóvenes deberían – por supuesto – ser capaces de desarrollar capacidades, adquirir conocimiento y desarrollarse en lo personal, pero esto debe de llevarse a la par que, no en detrimento del cambio social real y tangible.
  5. Para lograr el cambio, se deben superar dos cosas: el poder que ostentan las estructuras y las instituciones y la percepción de poder en la mente de las personas. En su publicación, Why it is Still Kicking Off Everywhere, Paul Mason examina el ejemplo de las protestas masivas en Egipto en 2011, en donde los manifestantes no solamente se reunieron en grandes números para ocupar la Plaza Tahrir en oposición del régimen de Mubarak, sino que para lograrlo requirieron primero borrar el miedo de las mentes de los manifestantes. Los jóvenes – y todos los muchos otros grupos que participaron – estaban dispuestos a soportar el gas lacrimógeno, los golpes, tortura, brutalidad policial, abuso sexual e incluso los asesinatos con tal de cambiar al régimen. Son activos – tanto en persona como en las redes sociales – y están dispuestos a confrontarse con instituciones y regímenes poderosos y esto puede actuar como un catalizador para otros movimientos en otros países.
  6. Las estructuras formales de participación juvenil suelen estar basadas en el compromiso: con los procesos, con las demandas, con los logros. Pero, ¿quién quiere esto? Cuando un joven tiene la capacidad de tuitearle, desde su alcoba, al dirigente de un organismo internacional, usando un hashtag y creando una tendencia global; o puede compartir un video blog e iniciar una revolución, ¿qué papel juegan las ONG formales y las organizaciones en canalizarlo? Con sus contactos políticos inherentes con el statu quo – tales como acceso a fondos, estatus legal e incluso el derecho a existir – ¿podría una estructura formal haber tenido la capacidad para movilizar una acción masiva juvenil; la legitimidad y autoridad moral para hacerle frente al estado; o incluso tenido la intención de llevar a cabo dicha acción – una acción que pone en riesgo vidas, reputación y su supervivencia institucional? Cuando los jóvenes están dispuestos a arriesgar sus vidas por lograr el cambio, ¿qué tanto poder tiene un consejo nacional juvenil? Todo esto me recuerda la historia imaginaria de Liam Barrington-Bush’s sobre las ONG organizando la Primavera Árabe.

Esta explosión de estructuras, políticas y procesos podría llevarnos a la conclusión de que la participación es un fenómeno nuevo. Seamos claros al respecto: no lo es. Ya los antiguos griegos filosofaban sobre las interacciones de un ciudadano con su Estado; e incluso en el cercano Siglo XX, el término “participación” adoptó muchas formas, ideologías y acciones, movidas por diferentes instigadores, socios y resultados esperados. Pero lo que sí es claro es que en 2015 las estructuras formales – que son solamente un tipo de mecanismo para la participación juvenil – necesitan adaptarse a las aspiraciones y capacidades organizativas de los jóvenes, en vez de neutralizar sus ímpetus e impactos.

La política representativa se trata de delegar la responsabilidad de la toma de decisiones a alguien más, pero los jóvenes – como hemos podido ver en las erupciones espontáneas de acciones masivas alrededor del mundo – no necesitan delegar responsabilidades en los consejos nacionales de juventud o en los parlamentos juveniles. Ante la amenaza potencial que representan las estructuras juveniles y las perspectivas actuales sobre participación, los jóvenes tienen las habilidades y la mentalidad orientada a la acción, a ser escuchados y a llevar a cabo el cambio de maneras que antes no eran posibles, de maneras que no necesitan organizaciones y que están por encima de las tan cuestionadas instituciones formales.

Éstas son algunas ideas iniciales y “corazonadas” que obtuve luego de un amplio recorrido por la literatura existente, que, por supuesto, contenía explicaciones y sustentos mucho más amplios y contextualizados, así como opiniones encontradas. Sin embargo, en este inicio de 2015, éstos son algunos de los retos principales que identifico para los gobiernos, las instituciones y las organizaciones juveniles establecidas. De cara a un contexto de “proliferación” masiva de estructuras, políticas y un énfasis sobre la categoría social que juegan los jóvenes, debemos continuar siendo auto-reflexivos, críticos y honestos. Todos estamos de acuerdo en que los jóvenes deben poder participar en los procesos de toma de decisiones que afectan sus vidas. El debate está en cómo lograrlo, a quién incluir, quién está a cargo, con qué motivo y de qué manera.


Nota:
Artículo original en inglés, escrito por Alex Farrow y editado por Emilia Griffin, para el blog de YouthPolicy.org. Para consultar la versión original, dar click aquí.

 

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